lunes, 9 de mayo de 2011

Ella o yo

En mis primeros años como maestra obtuve destino durante un curso escolar en un instituto de la Sierra de Segura. Visto con la lejanía marcada por el tiempo, debo de admitir que fue un año extraordinario de amistad y aprendizaje, kilómetros en coche y horas de teléfono móvil.

Encontré un bonito apartamento, prácticamente nuevo, con impresionantes vistas a la sierra y calefacción, aunque ubicado en una zona algo apartada y solitaria del pueblo. Fue una suerte ya que en principio el dueño sólo lo alquilaba fines de semana y meses de verano a turistas que visitaban aquel bello entorno.

Por otra parte el ambiente en el instituto era fantástico, el claustro estaba compuesto por un profesorado bastante joven y recién llegado por lo que enseguida trabamos amistad. Nos reuníamos por las tardes bajo cualquier pretexto: realizar cursos de formación que se ofertaban en la zona, excursiones por los alrededores, cenas, fiestas... así que los días y las tardes transcurrían rápidamente. Sin embargo las noches... bueno, al principio simplemente no dormía, los ruidos generados por la naturaleza siempre me han producido insomnio ya que no concilio el sueño hasta que logro identificarlos, aunque con el tiempo logré habituarme, más bien me dí por vencida y fui recuperando sueño atrasado. Poco duró mi descanso ya que comencé a escuchar otro tipo de ruidos, difíciles de explicar; provenían del interior de la casa, como si algo rodase por techo, suelo, paredes... y de nuevo el insomnio. En el edificio sólo vivíamos yo, en la planta baja y justo encima el propietario con su madre anciana y un gato. De vez en cuando subía a su casa para pagarle el alquiler y charlar un rato, así que un día aproveché, como quién no quiere la cosa, y le comenté lo de los extraños ruidos. Contuvo una sonrisa (nunca lo vi reír) y me dijo que estuviera tranquila, debía ser su gato que jugaba por las noches o palomas cuyos nidos había descubierto recientemente. Sus palabras, bastante lógicas, me parecieron suficientes y así día tras noche llegamos al inicio de la primavera.

Aquella noche me acosté tarde porque mis compañeros y yo habíamos quedado para celebrar no recuerdo qué, la verdad es que celebrábamos bastante, y me despertó un ruido que me pareció muy próximo, dentro de la misma habitación. Todo mi cuerpo quedó paralizado a excepción de la mano derecha, siempre alerta, que pudo encender rápidamente la lámpara de la mesilla. Y la vi. Era una rata enorme que me miraba con el mismo espanto con el que yo la miraba a ella y que se escabulló por el pasillo en dirección al cuarto de baño. En cuanto pude reaccionar hice lo mismo y cerré la puerta.

Me preparé un té, pegué la oreja a la puerta del baño -no se oía nada-, miré el reloj: las cuatro, las cinco... finalmente dí una cabezada sentada en el sofá hasta que desperté aliviada con la luz de la mañana. Decidí entrar en el baño, más por necesidad que por arrojo, provista de un cepillo, pero ni rastro de Ella.

Pasé la mañana en el instituto bebiendo café y contando la historia a diestro y siniestro pero las horas transcurrían veloces y debía regresar al apartamento, afortunadamente un compasivo compañero, profesor de química y experto en roedores, se prestó a acompañarme y echar un vistazo.

-Ves todas esas manchitas de ahí arriba, es orina de rata, debe de haber varios nidos distribuidos por todo el techo -me dijo-.

Inspeccionó el cuarto de baño y comprobó que la intrusa bajaba por el conducto de ventilación y salía por un agujero que había tras el bidé.

-Has notado si te faltaba comida, trozos de comida quiero decir.

Una sucesión de imágenes con trocitos de pan, galletas incompletas, comida fuera del plato pasaba rauda por mi cabeza mientras mi compañero enumeraba una aterradora lista de enfermedades, incluida la peste bubónica, transmitidas por roedores.

-Ahora es la época de cría por eso habrás notado mayor actividad. Vete de aquí -concluyó-.

Le dije que sí, pero cuando me tranquilicé cambié de idea; había aguantado todo el invierno precisamente para disfrutar de la primavera en la terraza desde la que había asistido al deshielo de las montañas y no quería perderme cómo el verde tardío teñía, tramo a tramo, el espléndido paisaje. Hablaría con el dueño y le expondría la situación, le diría que la rata o yo... y la eligió a Ella.

Terminé el curso en un piso microscópico con vistas a la gasolinera y haciéndome promesas de que a partir de ahora intentaría ser más cigarra que hormiga, eso sí, dormía del tirón arrullada por el sonido de los coches que circulaban por una carretera cercana.




"El Yelmo" desde mi terraza serrana.


miércoles, 27 de abril de 2011

Pablo y el universo

El crecimiento de un niño nunca deja de sorprendernos a pesar de ser un hecho tan esperado como inevitable. Podemos comprobarlo fácilmente a partir de datos de lo más objetivos, en su mayoría cuantitativos: peso, talla, percentiles... sin embargo, la medida y sobre todo el modo en que cada niño madura, conoce, comprende, es única y exclusiva y cuando por fin entiendes ésto buscas todas las revistas y guías de ayuda para madres y padres inexpertos que tienes en casa, junto con el popular "Duérmete niño" del Dr. Estivill, y los depositas en el contenedor de reciclaje, momento absolutamente liberador en el que por fin respiras tranquila, igual de inexperta y desorientada, pero liberada.

Hoy Pablo cumple seis años y crece, muchas veces a su pesar, porque sabe que crecer tiene un precio, por ejemplo, el doloroso trance de asumir una buena dosis de frustración. Poco a poco comprende que existe el NO, que muchos de sus deseos son sencillamente imposibles e inalcanzables por mucha imaginación que derroche, por más que grite o llore.

Cada día descubre y se descubre. Como en el juego de la búsqueda del tesoro deberá ir desvelando pistas, adivinando acertijos y sorteando diversos obstáculos hasta desenterrar un magnífico tesoro que hace apenas unas semanas ni siquiera existía.

Las últimas pistas seguidas lo han llevado al descubrimiento de la belleza y grandiosidad del Universo. Asimila algunos conceptos con sorprendente facilidad, como que en realidad es la Tierra la que gira alrededor del Sol :"¿Por qué me decías que el Sol se ocultaba tras las montañas?", que existen astros tan lejanos como algunos de nuestros anhelos o que el planeta que habita no es el centro, ni el único, ni el más grande (de nuevo la frustración), estableciendo de forma inconsciente una semejanza consigo mismo.

Pronto descubrirá otros universos pero mientras tanto se divierte girando bajo cualquier luz encendida a la par que comenta: "Ahora es de día, ahora de noche, ahora de día otra vez." Cada noche antes de dormir dice que me quiere hasta Plutón, lugar de su mapa particular en el que aparece señalado el confín del universo. "Yo también te quiero hasta... Plutón", le repito, dudo aunque me contengo, todavía no sería capaz de comprender que muchos de nuestros sentimientos, ante cualquier límite, se desbordarían .






Fotografía : Utopazzo


jueves, 31 de marzo de 2011

Tareas

Cada mañana cruzo la ciudad de oeste a este; tres mil novecientos pasos me separan del trabajo y durante el trayecto descubro la llegada de la primavera sin el regocijo habitual, a través de un sol perpendicular a los ojos que resulta molesto, casi me irrita al hacerme tomar consciencia de la velocidad con la que se suceden los años; éste en concreto lo hubiera estirado hasta el límite de su resistencia.

Recuerdo que la primavera pasada me impuse una serie de tareas después de un invierno especialmente duro, en el que no recuerdo si hizo frío o nevó: decidí que debía de hacer más cosas, aunque enseguida me dí cuenta que esta tarea era difícil de llevar a cabo y la cambié por "hacer otras cosas". También me propuse dejar de lamentarme, mientras lo haces tu pesar te acompaña, te ocupa, te entorpece y estás perdiendo el tiempo que dedicarías a buscar una solución o en su defecto, a disfrutar de un momento agradable.

La tercera tarea tenía como objetivo volver a mirar; a veces lo que nos rodea, además de conformar nuestra realidad, es un tesoro enterrado en la arena de la desidia y terminamos por hacer la misma cosa porque miramos siempre del mismo modo.

Tengo que decir que casi lo consigo aunque en las últimas semanas observo como mi objetivo se aleja arrastrado por una especie de fuerza centrípeta que nos precipita irremediablemente al lugar común de la costumbre, así que debo plantearme de nuevo la tarea de mirar como lo haría, por ejemplo, un pintor. En pocos días la traslación terrestre hará que el sol que ahora me deslumbra ascienda unos grados e ilumine el camino conocido ofreciendo una nueva oportunidad para ver y redescubrir el color de los objetos cotidianos, la larga y tenue sombra de los árboles de la mañana, el sueño en la cara de un niño que va a la escuela, la baldosa del suelo sucia de pasos, presurosos o lentos, decididos o inciertos, como los míos.





"Antonio López pinta la Puerta del Sol", Pablo Ballester.




sábado, 5 de marzo de 2011

Impresiones de viaje I: Monasterio de Poblet.


"Los monjes blancos, en vez de aspirar a hacer una síntesis entre la realidad terrenal y la realidad de la fe, optaron decididamente por abandonar el mundo. Sin embargo, como eran mortales, tuvieron que llevarse algo de este mundo. Reducir este algo, convertirlo en casi nada, y después desprenderse de él para darse a Dios, he aquí lo que ellos querían. ¿Cuántos, de entre ellos, lo consiguieron? De esta voluntad heroica nació su arquitectura, una de las más extraordinarias que el mundo haya conocido."

Fréderic Van Der Meer, (Atlas de l’Ordre Cistercien)


En uno de mis viajes con Utopazzo visitamos la provincia de Tarragona dispuestos a conocer el monasterio de Poblet, magnífica obra cisterciense que siglos después sigue cumpliendo con su cometido; elevar la espiritualidad que todo ser humano posee. Alejados de los estímulos externos, terrenales, toda percepción se circunscribe a la perfecta unión de arte y naturaleza; los monjes en su objetivo de llegar a lo más alto en su perfección espiritual hicieron un trabajo excelente, rodearse de belleza, pero de una belleza esquiva y aislada de la parte del mundo en la que se asienta, convirtiéndose de esta manera en el hermoso reflejo de una imagen en el espejo.

En el preciso instante en que traspasas las puertas del monasterio notas como el tiempo se ralentiza, aumentando la capacidad de percepción de todo cuanto te rodea: mientras escuchas el eficiente monólogo de la guía turística que nos acompaña, los sentidos, expandidos, van recibiendo otro tipo de información; el olor a madera en el refectorio o a papel antiguo y polvoriento de la biblioteca, la potente luz de julio intentando colarse por los ventanales siendo rápidamente neutralizada por la oscuridad del interior, los cambios de temperatura en el paso de una estancia a otra hasta llegar al calor del mediodía en el impresionante claustro, suavizado por el murmullo fresco del agua del lavatorio...

Terminada la visita vuelves a pisar tierra al ritmo marcado por otras sensaciones más elementales recordándonos, siempre alerta, que ya es hora de comer. Buscamos un lugar adecuado en el pueblo en fiestas, desierto a esas horas, preparándose en su descanso para la gran noche. Entramos en un restaurante pequeño y acogedor pese a estar vacío y elegimos mesa; descubrí entonces que sus paredes estaban decoradas con láminas del fotógrafo Enri Cartier- Bresson y en cada una de aquellas fotografías encontré, precisamente, lo que no tenía cabida en el monasterio: instantes llenos de vida, de belleza sublime a la vez que imperfecta, momentos que muestran toda la dimensión del alma humana inmortalizados en unas décimas de segundo, como expresara el propio fotógrafo: "Mi mirada deambulaba por la vida, permanentemente".

Mientras conversábamos y dábamos cuenta de una deliciosa comida, la mirada divertida y satisfecha del chico de la "Rue Moffetard" nos acompañaba en la mesa.



"Rue Moffetard".Cartier-Bresson (1954)


miércoles, 9 de febrero de 2011

Subterfugio V: Las azaleas.

"Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno."

Pablo Neruda



Abrió los ojos unos instantes antes de que sonara el despertador. La había vuelto a visitar aquel sueño pero por primera vez no la invadió el habitual desasosiego, sino una sensación de felicidad y calma indescriptibles, porque por fin supo lo que debía de hacer con él.

Desde hacía más de veinte años soñaba que un amor de juventud le regalaba una maceta con unas espléndidas azaleas que ella tomaba entre sus manos inexpertas, con cuidado y gratitud y las dejaba olvidadas en algún lugar; de repente descubría que había transcurrido mucho, mucho tiempo, comenzando una búsqueda llena de angustia hasta que las encontraba marchitas, secas y la invadían la desolación y la culpa por no haber sido capaz de mantenerlas vivas.

Como cada mañana tomó un cacao caliente mientras veía las noticias en el televisor de la cocina; sonreía pensando que si su amiga Marta la pudiera ver le dedicaría una cariñosa regañina: "¿Cómo se te ocurre castigarte desde tan temprano?" y le recomendaba un larga lista de canales de TV y emisoras de radio que tendrían un efecto tonificante sobre su maltrecho estado de ánimo. Mil veces le había dado las gracias pero no podía dejar a un lado este hábito, para ella, asomarse al mundo nada más poner un pie en el suelo, era una especie de compromiso moral ineludible. Mientras bebía a sorbitos para no quemarse pensaba en lo difíciles y extraños que habían sido los últimos años, quizá toda su vida, también simple aunque se encargó de disfrazarla de sencillez y aburrida, poniendo como excusa la necesaria rutina familiar, ahora le resultaba insoportable al descubrir que disponía de tiempo no ocupado por los demás, sobre todo, desde que sus hijos habían crecido y eran casi independientes

Conoció a Marta diez años atrás en uno de sus numerosos trabajos y la dejó convertirse en su amiga, guía espiritual y animadora ya que era una fuente inagotable de energía y tenía por objetivo hacer felices a los demás. Juntas habían pasado por todos sus malos momentos buscando soluciones en cursos de cocina creativa, Tai Chi, "Raquel & Raquel estilistas" y las inenarrables sesiones de los viernes por la tarde en el Spá del barrio. No sabía cómo decirle que todo aquello no le aportaba nada más que el placer de su compañía y algunas risas.

En el trayecto en autobús hacia el almacén donde trabajaba planificó cómo pondría en práctica su sueño, no sería una tarea fácil, eran imprescindibles una gran capacidad de trabajo y perseverancia, pero nadie que la conociera cuestionaría que contaba con ambas cualidades. Aunque estaba impaciente esperaría al fin de semana, acostumbrada a demorar al máximo cualquier pequeña recompensa no le costaría mucho y además tendría tiempo para preparar lo necesario.

El sábado despertó al amanecer y subió a la terraza cerrada a cal y canto desde el verano. La encontró cubierta por hojas secas y plumas de ave, decorada con algunos tiestos rotos y el palo de una fregona tirado en el suelo. El cielo de invierno gris y plomizo no hacía otra cosa que invitarla a no demorarse si quería tenerlo todo listo para primavera. Cerró un momento los ojos antes de iniciar su labor tratando de imaginar la distribución idónea, por supuesto los geranios los pondría en la parte más soleada, junto al rosal...percibió el paso de los días dejándose acariciar por un sol suave que debía pertenecer a marzo y que calentaba tibiamente los primeros brotes de las plantas; sintió la humedad de la lluvia de abril sobre las hojas de la chamadorea y la hiedra, el olor del mantillo nuevo, mojado. Contuvo la respiración, si aguantaba apenas unos instantes podría escuchar el leve chasquido de los capullos de las azaleas al abrirse y sintió vértigo y comprendió que los sueños, la tierra y ella misma estaban hechos de la misma materia.



jueves, 27 de enero de 2011

...de besos y de censura.

“Los hombres son criaturas muy raras:
la mitad censura lo que practica;
la otra mitad practica lo que censura;
el resto siempre dice y hace lo que debe”.

Benjamín Franklin



Un acto tan limitador como la censura cuyo objetivo es prohibir o controlar la libertad de expresión ha propiciado a lo largo de la historia la creación y superación en el mundo del arte, la política o la ciencia. Todos conocemos historias y anécdotas que así lo demuestran. Uno de los motivos por los que se ejerce es el miedo, el miedo a perder el poder, el temor a que sea cuestionado... encontramos innumerables ejemplos en el mundo de la política y de la economía por no hablar de las religiones.

Existe otro tipo de censura mucho más alienante como la ejercida hacia nosotros mismos, por nosotros mismos; ante una opinión, idea, sentimiento, valoramos las posibles consecuencias y decidimos guardarlos bajo llave, a pesar de que esta decisión provoque en nosotros frustración o tristeza. La causa principal sigue siendo el temor a no ser aceptados por romper con la norma de lo establecido, a no ser comprendidos o correspondidos; todo nos conduce a reducir nuestro ser más auténtico apagando la luz que lo alimenta y mostrar otro, en apariencia más adaptado.

El mundo del cine está plagado de historias de censura que no han hecho más que aumentar la popularidad y repercusión de ciertas secuencias censuradas, otras por desgracia, habrán desaparecido sin provocar en nosotros las sensaciones para las que fueron concebidas.

La película "Cinema Paradiso" es un homenaje al mundo del cine y al triunfo de la voluntad. Cada vez que veo la secuencia final comparto, plano a plano las emociones de su protagonista, pasando de la sorpresa y la perplejidad a las lágrimas cuando comprende el significado de lo que ve; imaginar al viejo proyeccionista de cine rescatando cuidadosamente cientos de secuencias del olvido para construir un bellísimo regalo, en un acto de rebeldía, reparación y amor extraordinarios, me produce una ternura infinita. Después paso, pasamos, a la sonrisa, al comprobar cómo es posible hacer un "corte de mangas" artístico a la censura, artístico e inmortal...pero sobre todo, cuando veo esta secuencia, me entran unas irremediables ganas de besar.





"Cinema Paradiso" (1988), Giuseppe Tornatore.



miércoles, 12 de enero de 2011

Un mal sueño

Alguna vez he soñado que mi hijo se perdía; es un sueño angustioso en el que no sé si es peor la terrible sensación de pérdida o el sentimiento de culpa que te invade por haber sido capaz de bajar la guardia apenas unos instantes. Inmediatamente despiertas. Se trata de un sueño bastante frecuente entre madres y padres y en alguna de mis amigas más que persistente.

En las últimas semanas hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en las portadas de los periódicos la noticia del robo de niños durante la etapa franquista.

La sustracción de bebés y niños fue otro de los abominables hechos de los últimos momentos de la guerra civil y de la posterior represión franquista, una faceta más del fascismo inhumano auspiciado y bendecido por la iglesia católica. Con un gesto de injusticia e inmoralidad supremas despojaban a las republicanas ejecutadas o a las que malvivían en las cárceles de sus vástagos, en un intento de limpieza étnica (tratando de cortar así el germen libertario) y al mismo tiempo satisfacían los instintos maternales de mujeres de bien que no podían tener sus propios hijos. Esta práctica se mantuvo hasta los años cincuenta, ensañándose entonces con las "madres solteras", frágiles, indefensas, haciéndolas sentir indignas de su propia maternidad y culpables desde el punto de vista moral, como si el pecado lo hubiesen cometido ellas por ser solteras, sin permitirles pensar que la soltería es un estado que puede cambiar de un momento a otro pero la maternidad es una condición que dura toda la vida, aunque no tengas a tu hijo entre los brazos. Con el poder y "dios" de su parte no les fue difícil y se aseguraron la impunidad, vigente hasta hoy.

Los registros oficiales hablan de 30.000 niños desaparecidos, si pudiéramos ver este hecho con la misma objetividad con la que vemos sucesos similares ocurridos en otros países, exigiríamos investigación y la intervención judicial pertinente, sin embargo aquí lo hacemos al revés: se juzga al que investiga.

No me atrevo a ponerme en la piel de esas mujeres cuando regresaran a sus casas desde la cárcel o el hospital con las manos vacías, viviendo en una pesadilla permanente, aliviada si acaso por la esperanza del encuentro, por el consuelo de imaginar a sus hijos instalados en el confort de una vida próspera y llena de oportunidades.

Mi pesadilla dura poco y se diluye cuando me asomo al sueño de mi hijo, hermoso y ligero como el vuelo de una mariposa.



"Un cuento para mi niño" (La mariposa). Lole y Manuel