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lunes, 14 de abril de 2014

Abismos II

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos."

Julio Cortázar




Museo de Jaén. Foto: Rafa él.


A veces encuentro lo que pienso, así, sin buscarlo si quiera, y por un momento me parece comprender algo, durante unos instantes todo encaja, incluso veo una lucecilla vertiginosa e inquieta que se diluye en una confusión de palabras sedimentadas.




miércoles, 16 de mayo de 2012

Patio de luces

"La belleza es el resplandor de la verdad,
 y como el arte es belleza, sin verdad no hay arte"

Antoni Gaudí



Como cualquier tarde me dispongo a tender la ropa de la lavadora y mientras miro al patio de luces  llego a la conclusión de que se trata de un lugar tan poco bello como evolucionado. Durante los últimos catorce años he tendido la ropa en él, al sol o a la sombra, varias veces por semana, y observo que no ha sufrido ningún cambio desde entonces, a excepción de la reciente y más que necesaria mano de pintura resuelta con la última derrama.

En mi patio de luces siempre se escuchan las mismas voces, no me refiero a las de los vecinos, que hasta el octavo llegan atenuadas, sino a las de los televisores de la tarde en la que invariablemente se oye a una Belén Esteban -o similares- cuya sempiterna indignación debería ser canalizada en algo constructivo, para  beneficio de todos. También se escucha música inclasificable, una especie de sucedáneo de flamenco y el último número uno de los cuarenta principales -creo- que casi siempre desconozco; a esta sinfonía hay que añadir las señales horarias de la cadena SER o de RNE, que escapan desde la ventana de mi cocina, proporcionando un rítmico contrapunto. El "sonido" de internet no llega hasta el patio, ni las risas de los niños que continúan siendo una significativa minoría en el bloque. La comida tampoco parece haber sufrido variaciones temporales, nada de cocina experimental, evolutiva ni exótica, sólo percibo viejos y familiares aromas de contundentes potajes, socorridos fritos y fáciles tortillas.

Trato de buscar en el patio alguna señal de actualidad, aunque sea de la omnipresente crisis, pero de momento se me escapa. La ropa tendida, así sin gracia, mojada y arrugada no parece tan Desigual, mucho tendría que observar, y muy de cerca, para poder distinguir entre ropa de diseño y la cosida a conciencia por Josefa, la modista del barrio de toda la vida; entre la comprada en el mercadillo de los jueves o la de alguna tienda "outlet"...



 Patio de luces de la Casa Milà (1906-1912). Antoni Gaudí


Supongo que un patio de luces permanece indifrente a los cambios porque es un lugar al que nadie mira, ni se ocupa, ni se transita, un lugar que a pesar de su nombre es resistente al paso de la luz y solo aparece bello en los sueños de los verdaderos genios.




sábado, 7 de enero de 2012

Música para la ocasión.

Este año el calendario ha sido generoso, complaciente, y nos ha regalado unos días de adaptación antes de volver a la rutina, a la normalidad que determina el comienzo de las clases.

Sin  tregua dedico la mañana a quitar adornos navideños de todos los tamaños y estilos, pasando de la artesanía popular al arte naïf de Pablo. Organizo armarios, reordeno estanterías sin rendirme ante la misión imposible que supone hacer hueco a los nuevos juguetes y regalos. Miro de reojo el montoncito de carpetas y papeles con los que llegué a casa el último día de colegio, estrenando mis vacaciones de Navidad, y que parecen decirme a gritos que ya no tengo excusa. Sacamos punta a las ceras de colores de Pablo y guardamos en su estuche la enésima goma de borrar nueva; plancho y guardo manteles festivos que no tardarán en salir del cajón bajo cualquier pretexto.

Acabo muerta, pero mientras comemos, cambiando de un canal de noticias a otro, nos sorprende una expresiva música renacentista, justo lo que necesitaba, una ocasión para dilatar la sensación de tiempo fuera del tiempo, de tiempo no reglado, de tiempo "libre", música del Renacimiento... y un té.


"¿Quién te hizo, Juan Pastor?". Esteban Daza





sábado, 5 de marzo de 2011

Impresiones de viaje I: Monasterio de Poblet.


"Los monjes blancos, en vez de aspirar a hacer una síntesis entre la realidad terrenal y la realidad de la fe, optaron decididamente por abandonar el mundo. Sin embargo, como eran mortales, tuvieron que llevarse algo de este mundo. Reducir este algo, convertirlo en casi nada, y después desprenderse de él para darse a Dios, he aquí lo que ellos querían. ¿Cuántos, de entre ellos, lo consiguieron? De esta voluntad heroica nació su arquitectura, una de las más extraordinarias que el mundo haya conocido."

Fréderic Van Der Meer, (Atlas de l’Ordre Cistercien)


En uno de mis viajes con Utopazzo visitamos la provincia de Tarragona dispuestos a conocer el monasterio de Poblet, magnífica obra cisterciense que siglos después sigue cumpliendo con su cometido; elevar la espiritualidad que todo ser humano posee. Alejados de los estímulos externos, terrenales, toda percepción se circunscribe a la perfecta unión de arte y naturaleza; los monjes en su objetivo de llegar a lo más alto en su perfección espiritual hicieron un trabajo excelente, rodearse de belleza, pero de una belleza esquiva y aislada de la parte del mundo en la que se asienta, convirtiéndose de esta manera en el hermoso reflejo de una imagen en el espejo.

En el preciso instante en que traspasas las puertas del monasterio notas como el tiempo se ralentiza, aumentando la capacidad de percepción de todo cuanto te rodea: mientras escuchas el eficiente monólogo de la guía turística que nos acompaña, los sentidos, expandidos, van recibiendo otro tipo de información; el olor a madera en el refectorio o a papel antiguo y polvoriento de la biblioteca, la potente luz de julio intentando colarse por los ventanales siendo rápidamente neutralizada por la oscuridad del interior, los cambios de temperatura en el paso de una estancia a otra hasta llegar al calor del mediodía en el impresionante claustro, suavizado por el murmullo fresco del agua del lavatorio...

Terminada la visita vuelves a pisar tierra al ritmo marcado por otras sensaciones más elementales recordándonos, siempre alerta, que ya es hora de comer. Buscamos un lugar adecuado en el pueblo en fiestas, desierto a esas horas, preparándose en su descanso para la gran noche. Entramos en un restaurante pequeño y acogedor pese a estar vacío y elegimos mesa; descubrí entonces que sus paredes estaban decoradas con láminas del fotógrafo Enri Cartier- Bresson y en cada una de aquellas fotografías encontré, precisamente, lo que no tenía cabida en el monasterio: instantes llenos de vida, de belleza sublime a la vez que imperfecta, momentos que muestran toda la dimensión del alma humana inmortalizados en unas décimas de segundo, como expresara el propio fotógrafo: "Mi mirada deambulaba por la vida, permanentemente".

Mientras conversábamos y dábamos cuenta de una deliciosa comida, la mirada divertida y satisfecha del chico de la "Rue Moffetard" nos acompañaba en la mesa.



"Rue Moffetard".Cartier-Bresson (1954)


domingo, 24 de octubre de 2010

El olvido

Es curiosa la forma en que afloran los recuerdos a la superficie de nuestra consciencia. Podríamos decir que son un tanto inoportunos, también caprichosos, ya que se presentan de improviso, como esos encuentros que te sorprenden y alegran el día o como visitas imprevistas que te incomodan. Suelen esconderse cuando los necesitas y por más que los busques no aparecen o aparecen en otro momento y también sucede que cuando los descubres piensas que no son lo que esperabas.

Si en parte somos el resultado de nuestros recuerdos podemos afirmar que también lo somos de nuestros olvidos. No sé si realizamos un mayor esfuerzo a la hora de invocar nuestros recuerdos o a la hora de intentar olvidarlos, pero en ocasiones, ambos esfuerzos son vanos. Puede darse el caso de que al poner tanto empeño por olvidar algo o alguien éste se convierta en el principal ocupante de nuestro pensamiento y lo recuperemos una y otra vez del cajón de la memoria. En otras ocasiones nos ponemos como meta no olvidar; si el hecho es agradable nos acompañará en nuestros momentos de soledad o tristeza, como esa manta suave y cálida que tenemos en el sofá, pero si se trata de un hecho que en su momento nos causó dolor, empeñarse en no olvidar puede dar lugar al rencor o al resentimiento.

Este verano volví a leer la biografía de Antoni Gaudí. Encuentro muchos motivos para admirarlo comenzando por su imaginación casi ilimitada, por la particular visión de la naturaleza como generadora de arte y sobre todo por su valentía. Pocos nos atrevemos a defender nuestras ideas de una manera tan enérgica y comprometida, sobre todo cuando estas ideas son innovadoras y se apartan del canon del convencionalismo que tan fácilmente nos arrastra. Gaudí creía en su obra y la convirtió en una idea tangible a base de trabajo y una inteligencia fuera de lo común; supongo que era consciente de su genialidad pero decidió llevar una vida marcada por la austeridad como única vía para poder realizar su sueño.

Durante la construcción de la magnífica Casa Milà, el arquitecto hizo inscribir en una de las columnas principales las palabras "perdona y olvida". Es conocida la profunda religiosidad de Gaudí por lo que no es extraño que decidiera diseñar la imagen de la Virgen flanqueada por dos arcángeles para la fachada de La Pedrera; el propietario de la casa rechazó la idea parece ser que por temor a que sufriera ataques violentos después de lo ocurrido durante la "Semana Trágica" en Barcelona. Otra versión, un tanto más romántica pero menos fidedigna , sugiere que el arquitecto se enamoró de la hija del propietario de la casa pero éste se opuso a la relación.

Sea cual sea el motivo que llevó a Gaudí a tallar aquellas palabras en la dura y permanente piedra, está claro lo que pretendía: precisamente, no olvidar.




Detalle de la columna principal, Casa Milà