
"Torres Blancas". Antonio López
"Cada ciudad puede ser otra
cuando el amor la transfigura,
cada ciudad puede ser tantas
como amorosos la recorren."
Mario Benedetti
Siempre quise vivir en una ciudad, en una gran ciudad. Las grandes ciudades son capaces de provocarme los sentimientos más encontrados en la mínima fracción de tiempo en que un semáforo pasa al rojo o se desvanece el sonido de una sirena.
La ciudad tiene la facultad de ajustarme unos grados a ese concepto tan difuso y necesariamente subjetivo que todos tenemos de nosotros mismos. Me siento más yo, más libre, más sola o más acompañada, más interesante o más estúpida. Me gusta observar a la gente; de pequeña era una experta observadora pasiva de una realidad que no me pertenecía. Ahora practico este ejercicio sólo de vez en cuando y no hay mejor lugar para hacerlo como en una avenida rodeada de una multitud desconocida: observar rostros, poder reconocerte en la mirada infinita de un segundo de alguien que sabes que es como tú, y que seguirá avanzando en sentido contrario hasta desparecer en una neblina gris de humo. En otros momentos puedes deslizarte al lado de gente que no te ve, para quién eres transparente y que hacen cuestionarte si verdaderamente existes. No les culpo porque yo, a veces, he chocado con un lugar que parecía ocupado por aire y del que salía una voz que me increpaba o me pedía disculpas.
El sonido de la ciudad es especial y complejo, a ras de suelo sólo percibes ruidos infames, insoportables, pero si prestas la atención suficiente sientes como ascienden, transformandose arriba, justo donde terminan los edificios más altos, en una sinfonía reconfortante que nos es devuelta.
La luz como suma de infinitas luces es uno de los mayores atractivos que tienen las grandes ciudades; la hora del crepúsculo tiñe el cielo de un matiz eléctrico que se refleja en la riada de luces blancas y rojas de los faros de los coches, dando la sensación de un cuadro impresionista, puntillista o fauvista, según las experiencias del ojo que lo percibe. La ciudad es una maestra del claroscuro, utiliza la pincelada de forma excesiva para cegarte con la luz y el lujo de un escaparate para después pasar al callejón más negro, donde apenas percibes la silueta de una sombra sentada en el suelo que apenas te ve, ya que sólo dirige su mirada al movimiento casual de los dedos de tu mano, esperando que dejen alguna moneda en su cajita de cartón sucia.
Una ciudad puede ser un pretexto para observar sin ser visto, como cuando tenía siete u ocho años y miraba descaradamente la vida de los demás, a través de las ventanas de persianas alzadas y luces encendidas pensando que la hierba del vecino siempre era la más verde.
Ahora existen multitud de ventanas para ver y para ser vistos... yo, por si alguien insatisfecho con su particular percepción de la realidad lo necesitara alguna vez, suelo dejar la ventana del salón abierta y una cálida luz encendida.