"Vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intolerable." León Tolstoi
Seguro que en estos días nos debatiremos en juicios sobre el bien y el mal de nuestras acciones. Desde el he comido demasiado al ¿faltará comida para la cena? o desde el tan común "ya no bebo más" al !vamos, otro brindis!. Sin entrar en hechos de mayor trascendencia, en los excesos son más evidentes nuestrascontradicciones, y son fechas de excesos y de propósitos, por lo general excesivos. Conciencia, del griego "sy‧néi‧dē‧sis", significa conocimiento con uno mismo. Estos días, como paréntesis al fiel y cotidiano día a día, pueden ser ideales para conocernos con nosotros mismos...o con los demás.
Y si la llamada a Pepito Grillo se convierte en inevitable, sin dudarlo, ¡Bailad con él!
Cuando ella se fue, vertió todas las lágrimas de las que fue capaz. Recorrió un día tras otro el bosque que conocía como la palma de su mano, con pasos tristes y lentos al principio, rápidos y llenos de furia después, sin mirar donde pisaba, perdiéndose y encontrándose continuamente, abandonándose sobre el musgo húmedo, la escarcha de enero o la tierra palpitante, lista para parir una nueva primavera.
Su marcha le obligó a retornar al punto del que en realidad no se había movido, a la nada en la que creía permanecer ileso, donde se reconoció como perdedor sin riesgos ni apuestas. Seguía viviendo en la casa en la que nació y desde pequeño trabajó en la imprenta familiar, en la que invirtió sueños que se desvanecían entre el monótono sonido de la prensa. Ahora sus proyectos eran inviables, la imprenta daba lo justo para pagar facturas y el sueldo de su tío, auténtico motor del negocio.
Encontró refugio en lugares transitados por antiguos amigos y en un amor de juventud que lo liberó de la angustia que le producía tener que atravesar la solitaria extensión de otro invierno. La aparente normalidad en la que transcurría su vida no le impedía sentirse tan extraño como cuando siendo un adolescente, fue consciente de que su dirección era contraria a la de sus amigos. Ellos transgredían, soñaban, huyendo siempre hacia fuera, saliendo a la calle, ascendiendo a buhardillas, árboles y azoteas, mientras que él se refugiaba en el sótano, en su rincón invisible, cómplice de libros prohibidos y cigarrillos con sabor a beso.
Aquella tarde le pareció posible. Llevaba días de noches en blanco, calculando milimétricamente los inconvenientes, decidido a dar el paso, un paso: el primero. En el zaguán de la casa permaneció inmóvil, miró sus zapatos sobre el escalón de mármol gris, resquebrajado desde hacía más de treinta años, y deseó que una brisa lo empujara suavemente hacia fuera, un viento, un huracán, un cataclismo...
Poco a poco comenzó a escuchar los ruidos de la calle y la voz cada vez más cercana de su tío que lo llamaba desde el sótano.
-Este chico no sé dónde se mete. ¡Baja, que te está esperando Consuelo!
Buscó un lugar donde guardar la maleta sin dejar de limpiarse las lágrimas con la manga de la chaqueta nueva, y bajó lentamente las escaleras sin encender la luz.
Recuerdo aquella frase que decían mis padres y los mayores en general: "las canas salen a consecuencia de los disgustos" y que a mí me parecía una solemne estupidez; lo determinante en este caso debería ser la herencia genética y el inevitable proceso de envejecimiento. Sin embargo, después de este verano, acepto que algo de verdad esconde este dicho ya que en un par de meses he pasado de exhibir -no sin cierto orgullo- una melena cuarentañera libre de tintes, a tener que plantearme pedir cita en la peluquería para poner remedio a este mal tan común.
Retomo el curso no solo descubriendo nuevas canas en cada mirada al espejo, sino con la sensación de tener horchata en las venas. Vivo en un estado semianestésico en el que afronto el día a día con una tranquilidad desconocida y con niveles de escepticismo próximos a prima de riesgo española, después de asumir ceses y eternidades y comprender que el auténtico verano para un niño es la salud, que es absurdo prepararse para la ausencia de un ser querido, que los cambios libremente elegidos pueden ser tan difíciles como los impuestos, que quién dijo aquello de "borrón y cuenta nueva" pretendía engañarse a sí mismo.
Este poema de Eeva Kilpi me parece extraordinario. De una manera concisa y hermosa nos revela la continua paradoja que provoca en nosotros el amor...o la vida, esa vida que debería de venir acompañada de un entrecomillado "perdonen las molestias".
"Dime si molesto, dijo él al entrar, porque me marcho inmediatamente. No sólo molestas, contesté, pones patas arriba toda mi existencia. Bienvenido." ¡Bienvenida!
Barbecho, en
agricultura o jardinería, se denomina así a una tierra que se deja sin sembrar
o cultivar durante una o varias temporadas, siguiendo una tradición que comenzó
a practicarse en la Edad Media en Europa. El objetivo del barbecho es recuperar
y almacenar materia orgánica y humedad para asegurar la fertilidad de la tierra.
Podría decir que no
escribo porque no encuentro tiempo en mis largos meses de vacaciones, o por falta
de ánimo...o de ganas, o porque el blog quería tomarse un respiro, pero no se
trata de eso.
Mi blog está en
barbecho porque yo, en cierto modo, también lo estoy. No es un barbecho quieto
y manso, consciente y expectante, sino un barbecho activo e impuesto desde
el que veo pasar el verano sin que su despliegue de sensaciones, sutilezas y
excesos pase un día entero conmigo.
Podría decir que este blog está en barbecho, pero
no es del todo cierto, si lo estuviera, no existirían estas palabras, aunque prefiero
utilizar -una vez más- las palabras de Mario Benedetti que vienen a decir lo
que yo no alcanzo: "De vez en cuando es bueno ser consciente de que hoy, de
que ahora, estamos fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro."
Hace tiempo me ronda la idea de que vivo una etapa de solsticio de verano, ese punto álgido y pleno a partir del cual no puedes hacer otra cosa que descender, no por el cansancio, los reveses, ni los años cumplidos, sino por el hecho de traspasar el meridiano a partir del cual, transcurridas unas cuantas rotaciones, divisarás un horizonte cierto e inédito, marcado por las pérdidas.
Mi padre murió hace unos días después de una larga vida de lucha irrenunciable hasta su último aliento, que me perdí.
Estamos biologicamente programados para vivir y desde que nacemos luchamos por la supervivencia, por la felicidad, el poder o el deseo intentando dar sentido a lo que no lo tiene. Son muchas las batallas que ganamos día a día y debemos celebrarlo con verdadera alegría, porque la última será una batalla tan necesaria como perdida.
Durante las últimas semanas he dedicado horas y horas de mis fugaces tardes a corregir exámenes, calcular estadísticas de resultados y redactar informes y más informes.
Este año, en el colegio donde trabajo, nos enfrentamos a la tediosa tarea de las pruebas finales con cierto grado de optimismo, ya que después de los pobres resultados del curso pasado decidimos hacer una pequeña revolución y cambiar de la A a la Z aquello que consideramos mejorable: Organización de refuerzos y apoyos, reelaboración de contenidos básicos, pruebas iniciales y finales adaptadas a las características concretas de cada grupo, aplicación de lo último en estrategias de lectura comprensiva y mucho más que no cito por no aburrir a nadie y sobre todo por no ensañarme conmigo misma.
Esta mañana, he esperado a que mi grupo de alumnos de 5º curso de primaria se acomodase después del recreo. Trás conseguir el mínimo de atención he hecho una gran bola de papel y la he lanzado a la papelera de reciclaje con evidente mal humor, logrando así que la atención sea total.
-Esa bola de papel ha sido nuestro trabajo de todo un año y lo hemos tirado a la papelera- sentencio.
Comprendo que los chicos a estas alturas de curso están cansados, que la climatología juega en nuestra contra, que son alumnos con circunstancias especiales, que las expectativas familiares son muy bajas, pero cada uno de estos factores han sido tenidos en cuanta a la hora de evaluarlos. El factor determinante me lo dejó claro un alumno mientras realizaba la prueba de matemáticas retrepado en la silla mientras mordisqueaba un lápiz : "Seño, es que no hay ganas"...
Por otra parte, no habrá oportunidad de corregir esta "eventualidad" ya que después de tres años tendré que abandonar un colegio en el que me siento como pez en el agua.
Para rematar la faena tuvimos que cumplimentar un informe de autoevaluación respondiendo a cada cuestión en una escala del 1 al 4, en la que se evidencia de una manera muy clara y gráfica la desconexión total entre la inversión de tiempo y esfuerzo con los resultados obtenidos. La última cuestión acaba con la autoestima de cualquiera "Grado de satisfacción personal en función de la relación establecida entre la práctica docente y los resultados: nada satisfactorio - poco satisfactorio - satisfactorio - muy satisfactorio."
Terminado el informe sólo queda fotocopiarlo. Me cruzo con una compañera que acaba de hacer lo mismo y avanza arrastrando el cansancio de las últimas semanas; como nos conocemos muy bien ni siquiera hablamos, simplemente nos mostramos el informe con rapidez mientras avanzamos por el pasillo en dirección opuesta... parece que no soy la única insatisfecha.
"Nada es simple, nada es lo que parece a primera vista, y cualquier fragmento mínimo de la realidad contiene tales posibilidades de conocimiento y de misterio que da vértigo asomarse a ellas"
"El viento de la Luna". Antonio Muñoz Molina
Desde
la antigüedad, la tentación de mirar ha sido el origen de multitud de
inventos, como el "inocente" espejo que nos devuelve el reflejo de
nuestra propia imagen no siempre reconocida ni aceptada, o la defensiva almena,
desde la que se podía vigilar sin ser visto. Miradores, mirillas, microscopios
y lupas, creadas por la ineludible necesidad humana de ver el fastuoso
escenario de la vida, desde todas las perspectivas posibles.
Hoy este blog cumple dos años de miradas. Dos años en los que miro hacia fuera y hacia adentro, donde descubro lo limitado y lo infinito, lo que no sé o lo que siento y que funciona como espejo, almena o lente de aumento, limpia y transparente, que me permite reconocer el brillo de otras miradas.
Desde aquí me asomo a patios propios y ajenos, tan parecidos, tan diferentes, y con la distancia y la amplitud que me proporciona esta ventana abierta en la octava planta de un edificio cualquiera, os miro a vosotros, y me miro a mí.
Miro a través de una obra de Susan Mobray fotografiada por Utopazzo.